MarrakechPor su especial encanto, Marrakech no deja de hechizar a sus visitantes. Una ciudad dividida por una muralla. Intramuros se encuentra La Medina, el casco antiguo. Extramuros está Guéliz, la zona moderna.

El zoco, el mercado árabe al aire libre en el que se puede encontrar de todo: alimentos, especias, ropa, alfombras, babuchas, gorros, cestos, candeles… está situado en La Medina. Paseando por sus pequeñas calles, se puede observar la explosión de colorido que conforman el tono rojizo de sus casas, la exposición multicolor de los tenderetes, el destello de los puestos de orfebrería o los colores de los mercados de fruta… tonalidades llenas de vida a las que es imposible resistirse. Toque la textura de sus telas, alfombras, cueros y metales. Saboree la fragancia de los naranjos en flor, del incienso, de la menta, del cuero, de la carne asada o de las especias olorosas que impregnan permanentemente sus calles. Cada pequeño comercio que puebla el Zoco tiene a su dueño, sentado, llamando a sus clientes al grito de ¡Amigo!. Un ¡Hala! por el Barça o por el Real Madrid suele ser un buen reclamo, una manera de ganarse la amistad y la posibilidad de que el turista compre algo en su tenderete. Aquí comienza la experiencia vital del Zoco: el arte del regateo. Un tira y afloja entre vendedor y cliente. El precio inicial nada tiene que ver con el que se salda la transacción económica final. El timo y la ganga están separados por una línea muy fina que solo los hábiles y pacientes sabrán cruzar.  La clave es no perder nunca el buen humor y más que como una batalla de precios, enfocarlo como un juego al que ganará el más perspicaz. Último precio, dos palabras que hablan del intento desesperado por vender o por despistar al confiado comprador.

La plaza Jemaa el-Fna es el corazón que bombea vida a La Medina. Todas las tardes, después de las cinco, La Plaza cambia de identidad: desaparecen los dentistas ambulantes, los vendedores de agua, los encantadores de serpientes y el resto de comerciantes, y abre sus puertas un restaurante colectivo constituido por 60 tenderetes. Se crea un ambiente de feria que acompaña el hacerse y deshacerse de las halacas, círculos efímeros de cuerpos apiñados alrededor del halaiqui, que es un músico rudimentario, un acróbata o un contador de cuentos, un arte que le ha valido a La Plaza ser incluida en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco.

Guéliz es la herencia de aquel viejo protectorado Francés que fue antaño Marrakech. Su centro neurálgico es la Plaza de Correos o del 16 de Noviembre. Avenidas anchas, lujosas viviendas, boutiques como símbolo del capitalismo occidental, complejos hoteleros, un club de tenis, románticos cafés al estilo parisino, como por ejemplo el Café de la Poste o el Café des Negociants. Que no dejan de ser una experiencia interesante, mientras se disfruta de un té a la menta, contemplando la complejidad del tráfico y a los transeúntes que pueblan las calles. Conseguir un cigarro y que a uno le limpien los zapatos no será difícil, los que ofrecen esta clase de servicios saben donde encontrar a su clientela.

La Medina y Guéliz dos ciudades, aparentemente distintas, que forman una;  Marrakech. Sin esas dos mitades nada tendría sentido. Una ciudad que se rige a un ritmo aparentemente ordenado, siguiendo los dictados de Alá, otro nombre, el mismo Dios…para aquellos que quieren creer en algo porque les asusta la idea de soledad.

Marrakech, una ciudad llena de magia a las puertas del desierto y al pie de la cadena montañosa del Atlas, es un verdadero oasis donde es posible experimentar el deleite de todos los sentidos.